
Nada mejor que el pesimismo para contrastar el optimismo. Fue en la vispera del dia de hoy, que esta llama se levanto de mal humor. Y porque las llamas, polares o no, se enfurecen en todas partes del mapa, tiene lugar el dia de hoy el breve momento de furia que a esta llama acongojo.
Me dije que al ser aislado, no correspondia subir este extracto de humor plasmado. De pronto nada tendria que ver. Pero lo cierto es que de una chica se trata, o con una chica principia. Y como chicas las hay tambien en todas partes, inclusive en el polo, vamos a contribuir a la tematica del blog diciendo simplemente que ciertos rasgos de personalidad, son propios a la gente y nada tienen que ver con ethnocentrismos y menos aun con haberse mudado en Canada. Quizas a otras llamas les sirva de advertencia. Es esta, una razon de menos en la lista, a la hora de migrar, porque dudo que cambie de un pais al otro.
Siguen a continuacion, esos minutos de mala onda de esta matina.
Por donde empezar?
Por el destinatario? A quien le estoy dirigiendo esto?
Y que importa? Si nadie escucha. O nadie parece escuchar. Pues lo que me llega es mi propio eco, un silbido en el viento, el murmurar de fantasmas que son sordos ruidos.
Y si viajo en el tiempo a otras voces que creí haber escuchado y constato que muchas de ellas son también ecos de una voz que nadie oyó? Entonces se me desestructura la vida, se desmorona un castillo de cartas. Uno de tantos.
Todo comienza con una chica. O eso nos esmeramos en repetir, los hombres. Como si la participación a este mundo fuera el armado de un rompecabezas, y fuéramos chicos configurando las piezas para formar un tigre, sin saber de antemano que carajo es un tigre y con poca o ninguna idea de lo que es encastrar.
Y con la falta de todo concepto nos aventuramos en la consideración de la mujer, como la pieza que falta. Quizas este sea el error mas grande cometido y esa pieza sea en realidad otra, mas o menos importante.
Cuanto mas pienso en ella, y en donde andará. Cuanto mas me pregunto su nombre, color de piel, el sonido de su voz, su mirada, mas caigo al vacío.
Todas cosas en presunta aglomeración tal, propia a mi, propia a lo que quiero escuchar, ver sentir, en virtud de, quieralo uno o no, otro de tantos fantasmas.
Entonces se abre el suelo, empieza la caída. Aunque, en un desliz, arremeto contra la semiótica misma, y me digo que pudo ser ella, o un pájaro, o un árbol.
No sin remordimiento, y con un arranque de culpa oriundo de otros tiempos mas frescos. Tiempos en que poner en duda ciertas premisas resultaba atroz. Esto es: Somos envases vacíos, nuestros casos aislados de abandono y desesperanza en nada afectan lo sublime de un amor verdadero, a una mujer verdadera, que en efecto existen, con o sin nosotros.
Y por sobre todas las cosas, la autoridad. A Quien, en nombre de todo lo habido y por haber, asido al triunfo mismo, puede permitirse estipular en materia de valor.
Aunque así lo quisiera, no alcanzaría llevar el amor a cuestas para sacarle solo un resquicio , del infinito crédito que se le ha dado.
Y es que el amor, es invasivo. No solo se limita a tentarnos al influjo de un universo hermoso. También se mete con los demás universos, y los afea.
Y pensar que, tiempo después, nos quejamos de no saber.
Por el destinatario? A quien le estoy dirigiendo esto?
Y que importa? Si nadie escucha. O nadie parece escuchar. Pues lo que me llega es mi propio eco, un silbido en el viento, el murmurar de fantasmas que son sordos ruidos.
Y si viajo en el tiempo a otras voces que creí haber escuchado y constato que muchas de ellas son también ecos de una voz que nadie oyó? Entonces se me desestructura la vida, se desmorona un castillo de cartas. Uno de tantos.
Todo comienza con una chica. O eso nos esmeramos en repetir, los hombres. Como si la participación a este mundo fuera el armado de un rompecabezas, y fuéramos chicos configurando las piezas para formar un tigre, sin saber de antemano que carajo es un tigre y con poca o ninguna idea de lo que es encastrar.
Y con la falta de todo concepto nos aventuramos en la consideración de la mujer, como la pieza que falta. Quizas este sea el error mas grande cometido y esa pieza sea en realidad otra, mas o menos importante.
Cuanto mas pienso en ella, y en donde andará. Cuanto mas me pregunto su nombre, color de piel, el sonido de su voz, su mirada, mas caigo al vacío.
Todas cosas en presunta aglomeración tal, propia a mi, propia a lo que quiero escuchar, ver sentir, en virtud de, quieralo uno o no, otro de tantos fantasmas.
Entonces se abre el suelo, empieza la caída. Aunque, en un desliz, arremeto contra la semiótica misma, y me digo que pudo ser ella, o un pájaro, o un árbol.
No sin remordimiento, y con un arranque de culpa oriundo de otros tiempos mas frescos. Tiempos en que poner en duda ciertas premisas resultaba atroz. Esto es: Somos envases vacíos, nuestros casos aislados de abandono y desesperanza en nada afectan lo sublime de un amor verdadero, a una mujer verdadera, que en efecto existen, con o sin nosotros.
Y por sobre todas las cosas, la autoridad. A Quien, en nombre de todo lo habido y por haber, asido al triunfo mismo, puede permitirse estipular en materia de valor.
Aunque así lo quisiera, no alcanzaría llevar el amor a cuestas para sacarle solo un resquicio , del infinito crédito que se le ha dado.
Y es que el amor, es invasivo. No solo se limita a tentarnos al influjo de un universo hermoso. También se mete con los demás universos, y los afea.
Y pensar que, tiempo después, nos quejamos de no saber.
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