domingo, 4 de julio de 2010

Ahora quede fuera de la calesita rutinaria






Las anécdotas surgen de una anomalía. De otra forma serian simples historias.
Porque? Yo calculo que simplemente por destacarse.
Esta es entonces mi historia, o mi anomalía, que a pesar de su carácter trágico, accede al mundo original. Y no es que lo trágico y lo triste se hayan convertido en los campos predilectos de esta Llama Polar, sino mas bien en un accidente cuyas repercusiones no pudieron mas que abarcar toda mi rutina.

Mi habitación acaba de volverse tal. Me esconde del sol cuando no quiero verlo y su puerta secciona la realidad de mi encierro en una tajante frontera. Al cerrarse, paso a estar enteramente en mi territorio. Y sumido en una tenue penumbra, vislumbro los ángulos entre las paredes y el techo, algunos descascarados. Sobre todo la pintura que circunda la ventana. Si, esa ventana que me recuerda en mi encierro, el exterior.
Y con beneplácito vislumbro también el placard a la pared incorporado. Su puerta abierta de par en par expone perchas con camisas, buzos y algunos pantalones. Pero esta oscuro y no vislumbro cual es cual. Y con mirar el placard, no puedo mas que recordar unas semanas atrás, cuando estaba vacío, a mi espera. Y aun antes, a quien perteneció la ropa que en el pendía.
Quien habría dormido aquí antes que yo? Seriamos parecidos? Trabajaba? era feliz?
Quizás me lo cruce por la calle al ir al supermercado, sin saber que, en otro tiempo, el lloro, rió, estudio, se cambio e hizo el amor en el mismo cuarto.

Aunque la continuidad no existiera , este seria mi cuarto y nada mas. Y por ahora, con eso basta.
Lo cierto es que ya he pasado aquí tiempo suficiente. Suficiente para aburrirme de el, amarlo y odiarlo.
Porque?
No tengo opción, me lastimé y necesito reposo. Punto. Y sin embargo algo queda pendiente, en un éter incierto. Algo suspendido en el aire, roza mis mejillas, mi torso, baja por mis piernas hasta llegar a mi tobillo derecho, donde se detiene.
Entonces lo recuerdo, punzante. La medula misma de mi hueso aullando de dolor, un dolor tal que obnubila toda consciencia. Los músculos desprendiéndose, luego inflándose.
Esa madrugada fui a trabajar. Al salir quedaban dos horas de intervalo antes de mi partido de volleyball y decidí aprovecharlas para cargar mi auto con artículos varios. Ahí fue que quedaron, bajo el sol de esa tarde durante días. Alguien estaciono mi auto bajo el sol en el apuro. Algo había pasado.
Porque no manejaba yo mi auto? Sentado en la oscuridad, la brisa volvió a rozar mi tobillo derecho. La pelota estaba en el aire. El atacante remataba casi, pero yo ya estaba en el aire, mis manos cerca de la red. Salté muy alto. Muy alto para mi altura. La pelota reboto en mis manos y arremetió contra el terreno del atacante, una alegría cronometrada. Luego el suelo, luego el dolor.
Aterrice mal. La pierna del atacante me había obstruido apenas el paso. Pero fue suficiente. Tres gritos. y nada mas.
La brisa de aire se fue y solo quedo el sabor de un recuerdo. Las tres semanas de estancamiento pasaron volando.
Unos días después de mi accidente, estaba llamando por teléfono a mi jefe para decirle que no podría volver a trabajar por un largo tiempo. Hacérmelo saber si surgía algún trabajo de escritorio. Ambos sabíamos que eso no sucedería. Pero nunca esta de mas preguntar.
Así es como pase mis dias adentro. Lo que mas me sorprende, del estancamiento es su perspectiva del mundo. Uno puede detenerse por completo, sin que con esto las cosas dejen de arremeter en el flujo ininterrumpido que es la existencia por, para y hacia vaya uno a saber que fin.
O este sea acaso la mera perspectiva de algunas llamas, que como yo, no tienen tanta repercusión en el día a día de su entorno.
No es inútil denotar, sin embargo, algunos ejemplos aislados que dieron cuenta de este contraste.
Por ejemplo, hoy llega mi "room mate" algo cansado de trabajar, y se dirige a mi en el preciso momento en que mi conciencia se arrellanaba en la consideracion de un día que no se terminaba mas.
-Uf! Ya son las 20h20?? Siento que el día se me paso volando.
Y ante esa presunta queja manifestada al influjo de su activa participacion en la calesita de la vida, se me abrieron en la mente una suerte de imagenes inherentes a la consecución de mis últimos días, tan similares entre si, que no se los distinguía. Así no supe cuantas horas había dedicado a tocar la guitarra, a solazarme en la contemplacion del techo cual si fuere un aleph, punto universal en cuya superficie se concentran todas las cosas del universo mismo en todas sus configuraciones posibles, ni cuando habria sido mi ultima ducha, mi ultima búsqueda de empleo o mi ultima charla con un ser querido.

No puedo caminar, mucho menos correr. Dentro de un tiempo volveré a ser capaz de hacerlo. Levantar a una chica entre mis brazos, treparme a un árbol, correr un autobús. Parecen cosas simples, y sin embargo pueden simbolizar y contener tanto.
Desde mi estancamiento y mi penumbra, he logrado detener el tiempo, para bien o para mal. Quiero arrancarme de el, no sin cierto temor de retomar un curso veloz y desinteresado del que quizás no pueda volver.

A algunas llamas nos gusta pastar.



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