Los días pasan, y el frío llega con la esperanza de mi temporada preferida: El otoño.
La ciudad de Sherbrooke trasciende en millones de imágenes adosadas al cortex de mi cerebro. Aun teniendo tan mala orientación creo que podría pasearme por ella con los ojos vendados, rozando los muros, claro, para estar seguro de no estrolarme contra algo.
Son imágenes todas que se fueron quedando estancadas junto con una sensación En psicodinamica atribuimos a la palabra un poder conciliador: Convertir imágenes en conceptos y así evitar los traumatismos.
No soy un experto en esto, pero si me interesa. Los traumatismos no son necesariamente malos, como podríamos creer. Un traumatismo es primeramente la impronta y la sensación que nos deja una imagen que no terminamos de procesar. Esa imagen queda tapada en el subconsciente, asociada a lo que sentimos en aquel momento y sale a flote cuando recibimos el mismo estimulo.
Uno puede re programarse, pero no del todo, y estas asociaciones edifican muchas veces parte de nuestra personalidad.
Algunas podemos cazarlas al vuelo en un sueño y así cambiarlas. Otras no.
La de la puerta roja no puedo cambiarla.
Así me mando a cruzar la calle todas las veces y entiendo que el trafico es uno y los conductores son los mismos.
Es probable que muchos de los conductores de autos sean los ojos mismos implacables de la ciudad. A su vez me los hago como cámaras que registraron su visión semi periférica de todo lo que sucedió en Sherbrooke desde que viven ahí.
Seis años atrás, el mismo conductor que quizás me haya visto hoy caminar por la calle con los ojos cerrados, rozando las paredes pudo haberme visto mas joven a los gritos en un estacionamiento vacío.
Quizás este conductor haya sido testigo de aquellas travesuras que nos mandábamos con aquel grupo de inmigrantes.
La puerta roja sigue ahi. Se cierra y se abre. Alguien sale, pero no quiero mirar quien es. Sigo de largo.
La universidad, casi intocable. Ya reconozco a poca gente en las clases. No todo es estatico.
Ultimo cuatrimestre y pasamos a mejores cosas.
Un par de bocanadas mas de aire y los olores se van gastando. Este aire ya lo respire.
Me doy cuenta que ya viví en casi todos los barrios de Sherbrooke.
La cerveza acá es espectacular. Te va llevando ligeramente a donde queres estar. Las distancias entre los bares y mi casa son relativamente cortas. Aunque a veces debo desviarme varias cuadras para evitar pasar por la calle de la puerta roja.
Una vez volví tambaleándome a casa. Sentía el alcohol dilatandome el cerebro justo delante de la escalera de metal que daba a la puerta roja. Tenia el numero 22. Departamento 22.
-Este lugar ya no existe- Me dije-Siempre voy a amarte, pero este lugar ya no existe.
Hace 10 años escuchaba a mi profe de Kung Fu decir que todo cambio en la vida hacia bien. Aunque sea cambiar la cama de lugar, poner un cuadrito o agregar una planta. Calculo que de esta forma preparamos nuestra mente a que NADA es estático y nos hace bien.
Uno entiende el cambio, lo percibe y evoluciona. Pero los mini traumatismos nos devuelven a ese momento en donde la puerta roja se abre. En esta imagen del departamento 22 hay una chica y un muchacho que acaba de entrar. La chica esta en el baño y dice:
-Me voy a bañar, te quieres meter?
Desnuda en la ducha se ponía una pequeña toalla en los ojos para que el shampoo no le entrara en los ojos mientras se enjuagaba. El muchacho la besaba a ciegas y ella, sorprendida, sonreía sin saber de donde vino el beso.
Cuando la puerta roja desaparece uno se queda con uno mismo, y con la necesidad de un cambio de aires.
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